Cuando me llamaron ‘hijo de puta’ me quedé paralizado. No sabía si acercarme a la banda e intentar calmar los nervios o si hacer oídos sordos y fingir que aquel grito procedía del público y no de la garganta del entrenador local. Era mi primer partido en Fútbol 11, estaba nervioso, indeciso a la hora de tomar las decisiones y no acababa de cogerle el truco al fuera de juego. El entrenador del equipo de casa lo había notado y me metía presión cada vez que hacía sonar el silbato. Ahora la historia sería muy diferente. Después de 22 años arbitrando no permito a nadie que me falte al respeto dentro de un terreno de juego, pero entonces tenía 17 años y una total y absoluta falta de madurez.
Lo recuerdo como si fuera ayer. Después de dos meses haciendo el curso en la Federación y de otros tres ejerciendo de colegiado en los partidos de Fútbol 7, aquel 12 de enero me enfrentaba a mi primer partido serio. Era un partido de Primera Cadete en el Barrio Goya, un campo de tierra situado al oeste de Madrid. No era el escenario idílico para mi debut, pero por algún sitio había que empezar. El partido empezaba a las 9:00 y 40 minutos antes me presenté el campo. Mis ojeras delataban que no había pegado ojo la noche anterior y mi torpeza en los primeros minutos lo acabó de demostrar.
El ‘9’ del equipo local cayó en el área a los cinco minutos de partido y la grada reclamaba penalti. ¿Lo fue? Aún no lo sé. La verdad, no me lo pareció y tampoco iba a complicarme la vida nada más empezar, así que dejé seguir la jugada. Fue entonces cuando escuché el primer grito del entrenador. Pasé a posta cerca de la banda y lo miré con gesto amenazador. Pero no conseguí nada. Llevaba demasiado tiempo en un banquillo y yo muy poco arbitrando.
El partido transcurría con normalidad y sin demasiados problemas. Por lo menos, no más de los que genera un primero contra un tercero en un campo de tierra. Un poco bronco, pero tampoco nada del otro mundo... hasta que llegó el minuto 30. El portero local arrolló al ‘7’ visitante cuando encaraba la portería y no quedaba otra que pitar penalti. Penalti y expulsión. Los de casa se quedaban con diez jugadores, perdía ya por un gol... y aún quedaban 50 minutos. Fue gol. 0-2.
“¡Hijo de puta!”. Lo oí perfectamente. El grito procedía de la zona del banquillo local, aunque no logré identificar del todo al autor. No estaba seguro de si había sido el entrenador, el delegado, algún jugador... o si el grito venía de los cuatro aficionados que había detrás del banquillo. No supe reaccionar; hasta entonces había conseguido calmar mis nervios. Pero... si después de expulsar a un jugador mandaba también al vestuario al entrenador la grada se iba a poner insoportable.
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